Octubres al sol.

“Disfruta de las pequeñas cosas,
porque tal vez un día vuelvas la vista atrás
y te des cuenta de que eran, en realidad, las cosas grandes.”
R. Brault

Lo sé,  lo sé: hace mucho que no escribo absolutamente nada. He dejado el blog en pausa esperando volver algun día, incluso eliminé la aplicación del móvil.

Al iniciar este blog me dí cuenta de cuántas cosas quería contaros, de cuánto lo necesitaba. Se me agolpaban las ideas en la cabeza cada vez que abría un blog o escuchaba una canción. Y ya, al día siguiente os lo estaba volcando todo en este muro, quisiérais o no. Y era rápido, más una necesidad que una afición.
A mí siempre me ha gustado escribir, pero para qué mentir, fue algo así como una terapia. Un rincón en el que expresarme y decir lo que en una tarde de cafés, pocos hubiesen escuchado.
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Y aunque al empezar a escribir me prometí que no lo dejaría a medias, que es algo que suelo hacer a menudo, una vez hube escrito lo que hasta la fecha habréis, o no, leído aquí… zas! Me quedé en blanco. Sin ideas, encefalograma plano. Me sentaba a escribir y no me salía nada. Todo frases inconexas y desordenadas. Y la cuestión: que dejé de escribir. Aunque me encantaba, dejé de escribir.
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Dejé de sentarme frente a este ordenador, de aislarme en cafeterías a teclear todo lo que quería contaros. Dejé de pasear saturando el móvil de notitas, de apuntar frases en papeles que luego se perdían en los bolsillos de alguna chaqueta.
Pero mira tú qué bien hoy ha vuelto como hace siempre: de golpe y sin avisar. Me faltaba la inspiración y ha vuelto. Y no sé cuánto tiempo se quedará conmigo, pero el caso es que vuelven a agolparse las ideas como antes y vuelvo a necesitar mi terapia semanal en este teclado mientras os cuento cosas que quizás ya sabíais.
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Supongo que el culpable ha sido este tiempo de letargo, sin obligaciones, un octubre que me ha dado desayunos pausados y el lujo de poder pararme a pensar. De ordenar mis ideas y preguntarme quién quiero ser de ahora en adelante.
Y supongo que todo esto os dará igual, pero he llegado a la conclusión de que no son las grandes experiencias las que me empujaban a escribir. Son precisamente las cosas más tontas que me pasan cada día las que lo convierten en perfecto o hacen que me arrepienta de haberme levantado de la cama. Las que me inspiran.
Sé que me odiaréis por ello, pero para hablar de esto, debería antes confesar que este mes de octubre he estado jubilada. De retiro laboral, de vacaciones no merecidas y despertador desconectado. De dolce farniente. Y, porqué no decirlo, de retiro espiritual.
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Y durante este tiempo empecé cambiar el modo en que hacía las cosas. Empecé a tener detalles conmigo y con los demás. No grandes regalos ni cenas en las que se te acaba saliendo la langosta por las orejas: detalles. No me malinterpretéis, me encanta la langosta. Y no hubiera estado fuera de mis planes si tuviera unos cuantos millones en la cuenta. Nunca hay que despreciar el poder de una langosta en tu día a día.
Pero este octubre me ha cambiado de alguna forma. Empecé a prepararme -y prepararles a otros- el desayuno, empecé a dedicarle tardes enteras a la gente que me importa en lugar de darles cita y pedirles un burdo resumen con el fin de cuadrar tres planes en una sola tarde. Empecé a dejar de tener prisa por absolutamente todo y a dejar de fruncir el ceño, que dicen que salen arrugas. Y yo no quiero arrugas. Y menos si son por mal humor.
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Me ha enseñado que no pasa nada si no me acabo ese libro infumable que llevo leyéndome una eternidad sólo porque ha ganado tropecientos premios. Que nadie me va a hacer un examen cuando lo acabe y que encima me ahorraré el agobio que me provoca verle acusándome desde la mesita cada noche. Imponente y galardonado, con sus tapas de cuero y sus hojas amarillas.
Quizás incluso esté bien leerse una novelucha de domingo comprada en alguna librería de dudoso criterio. De esas a las que les tienes que forrar la tapa con periódico para esconder que sólo querías algo superficial que te amenice las tardes. Empecé a dejar de preocuparme por si esto o lo otro saldría bien, que como dice mi madre: “Si sale mal, por qué te has preocupado. Y si sale bien, por qué te has preocupado.”
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Y sí, que sabe lo que se dice. Que las cosas pasan igualmente, nos guste o no.
Traté de escuchar con los cinco sentidos -los que me conocéis ya sabéis de lo que hablo- y a tener más paciencia, aunque aún estamos trabajando en ello (lo sé, excusas de político).
En resumen: lo que me ha empujado a escribiros hoy ha sido el pararme a pensar. El echar el freno y disfrutar de lo que tengo. El dejar de pensar en la langosta que no puedo pedir y disfrutar mi hamburguesa de un euro en algún mirador.
Ya lo dice el anuncio: Si estimes el que tens, tens tot el que vols. Y qué razón tiene.
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2 thoughts on “Octubres al sol.

  1. Tu amiga la mandona dice:

    Me encanta que hayas vuelto, pero amiga, el escribir sobre el no escribir esta bien hasta un punto. ¿Donde está el guiño de humor? Quiero otra entrada. Con tanta vuelta y tan poca prisa, no me queda otro remedio que sacar contigo mi vena de dictador-tirano. Que lo sabes hacer mejor… Que lo digo porque sí, nos conocemos. Y no has puesto los cinco sentidos.

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