Lobo blanco, lobo negro.

Un viejo indio Cherokee dijo a su nieto:
“Me siento como si tuviera dos lobos peleando
en mi corazón: uno de los dos es violento y vengador,
el otro está lleno de amor y compasión.” 
El nieto preguntó: “Abuelo, dime ¿cuál de los dos ganará la pelea?” 
El abuelo contestó: “Aquel que yo alimente”.

Leí esta leyenda en un artículo hace mucho y pensé: Gracias, ¡no estoy loca! 

Pero deberían adaptar la historia porque mi lobo negro es a veces un oso pardo, va hasta las cejas de esteroides y arrincona al lobo blanco en el patio para robarle el bocadillo. Y yo ahí, de mediadora.

Ser buena persona nunca ha sido fácil, entiendo que para ninguno de nosotros. Es más, la pregunta que me viene a la cabeza es: ¿Se puede ser constantemente buena persona en un mundo en el que te cierran los bares a las dos y se te desparejan los calcetines en la lavadora? Es más, ¿es un título que te sacas por internet o hay clases presenciales? Te darán un carné de “Buena persona” cuando acabes, supongo. Y tendrás un número de socio y todo eso.good person Sigue leyendo

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Los viernes comunes.

Llega el viernes como cualquier otro día: alarma – retrasar, alarma – retrasar, alarma de nuevo. Un café y al coche. Suena Gabriel Rios con su Gold y a mí se me olvidan todos los males. Canto hasta que me quedo sin voz y agradezco no compartir el trayecto con nadie. Bajo la ventana y se me hiela la cara, ya empiezo a despertarme.
  
El día transcurre rápido: reuniones, algunos documentos y el Mail del viernes, que es la guinda del pastel. Cuando quiero darme cuenta Gabriel se sienta a mi lado en el coche y a mí vuelve a parecerme que estoy en X-Factor y Simon Cowell me mira horrorizado mientras Gold vuelve a sonar por vigesimocuarta vez. Ya no me invento tanto la letra, Simon, no te quejes.
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El bueno de Bon.

“Come on skinny love
just last a year,
pour a little salt
we were never here.”
Skinny love – Bon Iver

Ese dolor en el pecho. Ese bendito dolor en el pecho. Las pupilas dilatadas y las manos nerviosas. Entré en esa sala y la verdad, no lo esperaba. Su pose a lo James Dean y su flequillo revuelto, aunque poco o muy poco decían de él, invitaban como mínimo a coger asiento y mirarle. Sólo mirarle.imagesCAMXPZMQ
Me pareció divertido cuando empezamos a hablar. Nunca hubiera dicho que podrías averiguar tanto de alguien en apenas unos minutos, pero algunos vienen con carta de presentación en la frente. Y qué quieres que te diga, a mi esas personas me generan aún más curiosidad. Los malotes siempre me han dado pereza, que son como eternos adolescentes y yo aún no tengo previsto ser madre.
Así que sin saber qué hacía, me acerqué piqueta en mano a romper el hielo. Que no era hielo, sólo el silencio previo al primer hola qué tal, pero alguna metáfora tendremos que usar. Me presenté, se presentó y desde entonces no paramos de hablar. No hubieron silencios y si los hubieron, no molestaban. Eso a mí me fascinó.
No lo sabía entonces pero todo aquello, sus a mí me gusta este grupo y mis este fotógrafo es genial, empezaban a calar hondo. Y aunque no fue de un día para el otro, me enamoré. Irremediablemente y sin entenderlo aún hoy, me enamoré.untitled
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Octubres al sol.

“Disfruta de las pequeñas cosas,
porque tal vez un día vuelvas la vista atrás
y te des cuenta de que eran, en realidad, las cosas grandes.”
R. Brault

Lo sé,  lo sé: hace mucho que no escribo absolutamente nada. He dejado el blog en pausa esperando volver algun día, incluso eliminé la aplicación del móvil.

Al iniciar este blog me dí cuenta de cuántas cosas quería contaros, de cuánto lo necesitaba. Se me agolpaban las ideas en la cabeza cada vez que abría un blog o escuchaba una canción. Y ya, al día siguiente os lo estaba volcando todo en este muro, quisiérais o no. Y era rápido, más una necesidad que una afición.
A mí siempre me ha gustado escribir, pero para qué mentir, fue algo así como una terapia. Un rincón en el que expresarme y decir lo que en una tarde de cafés, pocos hubiesen escuchado.
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Y aunque al empezar a escribir me prometí que no lo dejaría a medias, que es algo que suelo hacer a menudo, una vez hube escrito lo que hasta la fecha habréis, o no, leído aquí… zas! Me quedé en blanco. Sin ideas, encefalograma plano. Me sentaba a escribir y no me salía nada. Todo frases inconexas y desordenadas. Y la cuestión: que dejé de escribir. Aunque me encantaba, dejé de escribir.
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Todos nuestros héroes.

“Someone I loved once gave me

a box full of darkness.

It took me years to understand

that this too, was a gift.”

M. Oliver


Leí en alguna parte que en Japón utilizan una curiosa técnica para reparar la cerámica: se llama Kintsukuroi.

En el Kintsukuroi no usan pegamento, usan oro fundido. El metal se cuela entre las grietas y une las piezas y todo encaja de nuevo. Para cuando el oro se ha secado, el jarrón es otro. Ahora tiene betas doradas, cicatrices que recuerdan que un día se rompió o lo rompieron. Y curiosamente, ahora que se ha roto es más bonito.

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Siempre he oído que las personas deberíamos conservar la inocencia de cuando éramos solo unos niños. Cuando no nos enterábamos de nada y no podían rompernos, de cuando éramos invencibles.

Y toda esa historia de los jarrones, del oro fundido, del romperse y volverse a unir después, me hizo pensar en lo tremendamente interesantes que son las personas que se han roto alguna vez. Y me vinisteis muchos a la cabeza y otros tantos que aún no conozco.

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No, mañana no.

“Y nada tenía de malo,

y nada tenía de raro,

que se me hubiera roto el corazón,

de tanto usarlo.”

  Eduardo Galeano   


¡No, que esas son las copas buenas! Usa un vaso. 

No, esa camisa no, que es la de las bodas.

¿Ese vino? Uy, es carísimo. Lo estoy guardando… para un día especial.

Bueno, pues oh-qué-sorpresa, era hoy. Hoy era el día especial. Y mañana. Y ayer, que utilizaste los vasos de plástico, también era especial. Y tú, obseso del control, no lo has celebrado.

Sería una pena que el destino, que es hijo único y muy caprichoso, quisiera que mañana te cayera una maceta en la cabeza caminando por la calle. Las copas quedarían sin mácula, limpias, limpísimas en el estante de tu cocina. Ridículamente caras e intactas. Todos dirían: Él sí que sabía conservar las copas buenas. Sí, sí, todas sus camisas eran de un blanco nuclear.

Y tú, tirado en el suelo, pensarías que lo último que bebiste fue vino rancio en un vaso de plástico. Y se te picará el vino y tu camisa se la comerán las polillas. Por tonto.

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Café, espuma y miel.

Me encanta el café. En taza grande, con espuma y miel, de esos de los días sin prisas.

Pero cuando el café es una excusa sabe mucho mejor. Y así lo hacíamos él y yo, sentados con nuestra excusa humeando entre las manos, en cualquier cafetería de esta ciudad, distintas tardes y a distintas horas. Y juro que esas tardes yo no tocaba un solo cigarro, estaba ocupadísima hablándole.

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Tal, Cual y Pascual.

– Hola, yo soy Tal. ¿Tu eres…?

– Encantado, soy Pascual. ¿Vienes de parte del novio?.

– De la novia, nos conocimos en el Máster de No-se-qué aplicada.


Se sonríen como tontos y lo inevitable ha ocurrido ya. Tal y Pascual, que no se habían visto (ni oído) nunca se han encontrado en la barra de canapés y ahí están, frente a los pinchitos de foié pidiendo lo mismo e igual de perdidos. Y sintiéndose cómodos no han dicho un disculpa, voy al baño ni un mi amiga está sola y aún tenemos quince años.

Sencillamente no han querido hacerlo, ya están bien donde están y los tacones no son tan incómodos. Podría haber prendido el velo de la novia frente a ellos y no lo hubieran visto, porque Tal está apuntando su número y Pascual ya le cuenta su viaje a Nepal. Y ella escucha atenta mientras piensa que ese debe ser el chico más alto y menos pretencioso que ha conocido nunca.

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Fracasa mejor.

He fracasado mucho. Ayer por ejemplo, y hoy, (y qué pronto era, por cierto). Muchas, incontables veces. Es casi un vicio.

Estaréis impresionados por este momento de sinceridad gratuita pero viendo que el fracaso es algo tan común, la verdad, decirlo aquí no ha sido gran cosa. Mal de muchos, consuelo de tontos dicen.

¿Que tú aún no? Espera, paciencia que todo llega.

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Fernweh.

Fernweh. ¿Alguien había oído esta palabra antes?

¿Nadie? Lo suponía. Describe la imperiosa necesidad de viajar, añoranza de un sitio en el que nunca has estado. ¿No es curioso? Yo la oí por primera vez hace algunos días y decidí darle algunas vueltas al tema.

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La asturiana.

Las prisas, las listas de invitados, los nervios y el ruido.

Cuando las puertas de la iglesia se abrieron ya no quedaba nada de eso. Silencio sepulcral y ya sólo se oía su vestido arrastrado sobre el mármol, a ráfagas, a paso lento. Estaba en el pasillo, sonreía como una tonta y juraría que nunca la he visto tan guapa.

Fue su revivir las navidades de la infancia, las canciones que bailó en los bares, las tardes en cafés arreglando el mundo, y el día en que lo conoció.

Cualquier hecho pasado lo dejaba pegado al mármol, en ese pasillo. Y yo vi como se le aligeraba el vestido, como se vaciaba a cada paso hasta el altar.

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