Los viernes comunes.

Llega el viernes como cualquier otro día: alarma – retrasar, alarma – retrasar, alarma de nuevo. Un café y al coche. Suena Gabriel Rios con su Gold y a mí se me olvidan todos los males. Canto hasta que me quedo sin voz y agradezco no compartir el trayecto con nadie. Bajo la ventana y se me hiela la cara, ya empiezo a despertarme.
  
El día transcurre rápido: reuniones, algunos documentos y el Mail del viernes, que es la guinda del pastel. Cuando quiero darme cuenta Gabriel se sienta a mi lado en el coche y a mí vuelve a parecerme que estoy en X-Factor y Simon Cowell me mira horrorizado mientras Gold vuelve a sonar por vigesimocuarta vez. Ya no me invento tanto la letra, Simon, no te quejes.
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Café, espuma y miel.

Me encanta el café. En taza grande, con espuma y miel, de esos de los días sin prisas.

Pero cuando el café es una excusa sabe mucho mejor. Y así lo hacíamos él y yo, sentados con nuestra excusa humeando entre las manos, en cualquier cafetería de esta ciudad, distintas tardes y a distintas horas. Y juro que esas tardes yo no tocaba un solo cigarro, estaba ocupadísima hablándole.

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