Los viernes comunes.

Llega el viernes como cualquier otro día: alarma – retrasar, alarma – retrasar, alarma de nuevo. Un café y al coche. Suena Gabriel Rios con su Gold y a mí se me olvidan todos los males. Canto hasta que me quedo sin voz y agradezco no compartir el trayecto con nadie. Bajo la ventana y se me hiela la cara, ya empiezo a despertarme.
  
El día transcurre rápido: reuniones, algunos documentos y el Mail del viernes, que es la guinda del pastel. Cuando quiero darme cuenta Gabriel se sienta a mi lado en el coche y a mí vuelve a parecerme que estoy en X-Factor y Simon Cowell me mira horrorizado mientras Gold vuelve a sonar por vigesimocuarta vez. Ya no me invento tanto la letra, Simon, no te quejes.
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Octubres al sol.

“Disfruta de las pequeñas cosas,
porque tal vez un día vuelvas la vista atrás
y te des cuenta de que eran, en realidad, las cosas grandes.”
R. Brault

Lo sé,  lo sé: hace mucho que no escribo absolutamente nada. He dejado el blog en pausa esperando volver algun día, incluso eliminé la aplicación del móvil.

Al iniciar este blog me dí cuenta de cuántas cosas quería contaros, de cuánto lo necesitaba. Se me agolpaban las ideas en la cabeza cada vez que abría un blog o escuchaba una canción. Y ya, al día siguiente os lo estaba volcando todo en este muro, quisiérais o no. Y era rápido, más una necesidad que una afición.
A mí siempre me ha gustado escribir, pero para qué mentir, fue algo así como una terapia. Un rincón en el que expresarme y decir lo que en una tarde de cafés, pocos hubiesen escuchado.
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Y aunque al empezar a escribir me prometí que no lo dejaría a medias, que es algo que suelo hacer a menudo, una vez hube escrito lo que hasta la fecha habréis, o no, leído aquí… zas! Me quedé en blanco. Sin ideas, encefalograma plano. Me sentaba a escribir y no me salía nada. Todo frases inconexas y desordenadas. Y la cuestión: que dejé de escribir. Aunque me encantaba, dejé de escribir.
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No, mañana no.

“Y nada tenía de malo,

y nada tenía de raro,

que se me hubiera roto el corazón,

de tanto usarlo.”

  Eduardo Galeano   


¡No, que esas son las copas buenas! Usa un vaso. 

No, esa camisa no, que es la de las bodas.

¿Ese vino? Uy, es carísimo. Lo estoy guardando… para un día especial.

Bueno, pues oh-qué-sorpresa, era hoy. Hoy era el día especial. Y mañana. Y ayer, que utilizaste los vasos de plástico, también era especial. Y tú, obseso del control, no lo has celebrado.

Sería una pena que el destino, que es hijo único y muy caprichoso, quisiera que mañana te cayera una maceta en la cabeza caminando por la calle. Las copas quedarían sin mácula, limpias, limpísimas en el estante de tu cocina. Ridículamente caras e intactas. Todos dirían: Él sí que sabía conservar las copas buenas. Sí, sí, todas sus camisas eran de un blanco nuclear.

Y tú, tirado en el suelo, pensarías que lo último que bebiste fue vino rancio en un vaso de plástico. Y se te picará el vino y tu camisa se la comerán las polillas. Por tonto.

drama

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